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martes, 4 de diciembre de 2018

Un Asunto de Familia


★★★★

Shoplifters (Manbiki kazoku)
Japón: 2018, 121 min.
Clasificación: B15
Dirección y Guión: Hirokazu Kore-eda
Con: Lily Franky, Sakura Ando, Kirin Kiki, Mayu Matsuoka, Jyo Kairi, Miyu Sasaki.
Drama. Extranjera.


Ganadora de la Palma en Oro en Cannes, Shoplifters es una invitación a reflexionar sobre qué es lo que hace a una familia. Es una película que nos enseña a observar a sus personajes y nos lleva a empatizar con sus logros y problemas. No emite juicios, únicamente arroja preguntas, pero, en el camino, nos encariña con un grupo de cínicos criminales que también son bienintencionados y cariñosos. 

¿Se puede juzgar a nuestra familia? ¿Deberíamos hacerlo? ¿Podemos escogerla? ¿Abandonarla? ¿Herirla?  ¿Somos quienes nos enseñaron a ser, o permanecemos fieles a nosotros a pesar de su ejemplo? ¿Existen el bien y el mal en sus actos, o únicamente amor? Estos son algunos de los cuestionamientos que plantea el inteligente guión de Kore-eda, que va exponiendo poco a poco sus temas y revelaciones. Es mejor ver Shoplifters sin conocer mucho de la trama, para dejarse sorprender por cómo se desenvuelve. Basta saber que trata sobre una familia muy pobre que acoge a una niña maltratada y le enseña el arte de asaltar tiendas para subsistir.

Denle un Oscar a esta mujer

La película fluye con gracia y mantiene nuestro interés hasta el final, tanto en el humor como en la desdicha. Gran parte del éxito se debe a las magníficas interpretaciones del talentoso reparto. Lily Franky, como el padre de familia, es a la vez sabio e infantil, pero sobre todo, vulnerable. Sakura Ando balancea milagrosamente cinismo y calidez en el papel de la madre --es mi actuación favorita, y quien más conmovió mi corazón--. Los dos niños, Miyu Sasaki y especialmente Jyo Kairi, tienen un carisma natural e inigualable que se gana nuestro afecto desde el principio. Y Kirin Kiki es todo lo que imaginan de una severa pero dulce abuela japonesa.

Pocas películas logran ser tan honestas, transparentes y emotivas como esta. Nada parece construido para una ficción. Quizás la trama de la hermana (Mayu Matsuoka) no cierra tan limpiamente como las demás, pero incluso a ella se la aborda con respeto y detalle. De una forma casi milagrosa, Kore-eda ha capturado la vida familiar en dos horas de película, con todos sus problemas, su complejidad y su amor. No se la pierdan.




POR CIERTO: la traducción más cercana al español de Manbiki kazoku es “Robo en familia” (Family Shoplifting), que, en mi opinión, habría sido un mejor título.


Guerra Fría


★★★ ½

Zima wojna
Polonia: 2018, 88 min.
Clasificación: B15
Director: Pawel Pawlikowski
Guión: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki
Con: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc
Drama. Romance. Extranjera.




Guerra Fría es el romance más gélido que he visto una película. Es como ver un álbum de fotos viejas que rescata sólo algunas de las miradas, espacios y tragedias de dos enamorados a quienes nunca conocimos. A veces lo que no está pantalla parece hasta más importante que lo que sí vemos, sin embargo, el poder de las imágenes y la intensidad de sus protagonistas nos invitan a llenar los años en blanco y crear una épica gigante a través de estas viñetas tan privadas. El resultado es a la vez impersonal e íntimo; vago y específico; pasional y frío. Recuerdos ya muertos de gente que alguna vez desbordó vida. No sé si me gusta, aunque no había otra forma de contar esta historia. 

Ambientada en Polonia (y luego Berlín, Yugoslavia y París) después de la Segunda Guerra Mundial, el filme sigue al músico Wiktor (Tomasz Kot, excelente) y la cantante Zula (Joanna Kulig, una estrella) por veinte años, en medio del ascenso del comunismo y otros cambios sociopolíticos. Se conocen primero en un show que lleva la música polaca del campo a ciudades importantes. Luego, se reencuentran en París después de que él se exilia y ella continúa su carrera artística. Constantemente se separan, sólo para volver a juntarse algunos años más tarde, a veces para hacerse bien y otras no tanto. 



El guionista y director Pawel Pawlikowski está más interesado en evocar una época que en narrar: su diseño es excelente, sus composiciones son precisas, y el contrastado blanco y negro de su fotógrafo Lukasz Zal es glorioso. El estilo es igual de alienante que el que usó en Ida (aún se me hace sobrevalorada, perdón) pero en esta ocasión se siente coherente a la historia. Y el control que demuestra sobre cada segundo es innegable. Por esta película ganó el premio a dirección en Cannes y es difícil argumentar en su contra.

Todavía más aplausos se merece, en mi opinión, Joanna Kulig: llena de vitalidad, energía y rebelión; ya sea cantando (qué voz tan preciosa), bailando, feliz, molesta, ebria, o enamorada; sus escenas son las que iluminan el filme. De ahí en fuera, sólo los momentos musicales le dan cierta vida al asunto. Por diseño, el resto de la película es fría y distante, como el mundo de sus personajes. No hay amor que pueda nacer y sobrevivir en este contexto. Intelectualmente el ejercicio es impresionante, pero quizás el resultado sea demasiado trágico para mi gusto. O quizás sea admirable. Creo que me inclino más por lo segundo.




jueves, 14 de diciembre de 2017

120 Latidos por Minuto



120 Latidos por Minuto
(120 battements par minute)
★★★ ½
Francia: 2017, 140 min.
Clasificación: B15
Director:  Robin Campillo
Guión:  Robin Campillo, Phillippe Mangeot
Con: Nahuel Pérez Biscayart, Arnaud Valois, Antoine Reinards, Ariel Borenstein, Adèle Haenel, Félix Maritaud, Aloïse Sauvage, Coralie Russier.
Drama.




Wow. 120 Latidos por Minuto está llena de vida. La mayoría de las películas sobre el SIDA suelen enfocarse en el deterioro de los pacientes con gran tristeza. Este no es el caso. Aunque tiene suficientes lágrimas, 120 BPM entiende que la tragedia no es la enfermedad, sino la vida que pudo haber sido, el gozo súbitamente apagado, el amor destruido, la batalla que se perdió a pesar de luchar con todo.

La película se centra en el grupo activista Act Up, que protesta contra la indiferencia del gobierno y las instituciones en la prevención y combate contra el V1H, en París a principios de los 90. Sigue los esfuerzos y conflictos del grupo, al tiempo que desarrolla y profundiza la vida de varios de sus integrantes. Todos ellos tienen una razón fuerte para luchar y nosotros la entendemos. El foco principal está en el romance entre Nathan (Arnaud Valois) --un nuevo integrante-- y Sean (Nahuel Pérez Biscayart) --un radical entregado por completo a la causa--.



120 BPM está repleta de buenas actuaciones de todo su reparto, y todos tienen una oportunidad de brillar y conmovernos. En particular, Pérez Biscayart es una maravilla: es al mismo tiempo carismático y odioso, confiado e inseguro, tierno o temeroso; su Sean es un personaje contradictorio y muy magnético. También amo la naturalidad de Arnaud Valois como Nathan: el cariño que puede expresar (o recordar) con una sola mirada, o la forma en que se aproxima casi con pena a Sean, resulta conmovedor. Y quiero resaltar la fragilidad de Ariel Borenstein como Jérémie, que nos recuerda que Act Up, a pesar de sentirse casi como una familia, es una lucha por mantenerse vivos.

La dirección y edición de Robin Campillo le dan una gran inmediatez al conflicto. Aunque se siente 10 minutos demasiado larga, la película tiene un ritmo vital y enérgico. La cámara siempre en movimiento nos hace sentir el entusiasmo o desesperación que sienten sus personajes. Las escenas románticas o íntimas entre los protagónicos son potentes por su gran honestidad. Y cuando inevitablemente llega el momento de observar a uno de los protagonistas sumirse en lo peor de la enfermedad, el efecto es más desgarrador porque hemos aprendido a encariñarnos con todos en pantalla.

120 BPM es una llamada urgente por hacer lo correcto. Es imposible salir del cine sin sentir las ganas de alzar la voz, exigir igualdad, pedir transparencia, luchar por la libertad o algo. Nos recuerda que se ha logrado mucho, pero que aún falta otro tanto por hacer. Porque hacer la diferencia, para algunos, es cuestión de vida o muerte.



P.D. Estoy muy furioso porque justo hoy la Academia no seleccionó 120 BPM como candidata a Mejor Película Extranjera y, la verdad, lo merece.