lunes, 19 de febrero de 2018

Black Panther

★★★

Pantera Negra
USA: 2018, 135 min.
Clasificación: B
Director: Ryan Coogler
Guión: Ryan Coogler, Joe Robert Cole
Con: Chadwick Boseman, Lupita Nyong’o, Michael B. Jordan, Danai Gurira, Letitia Wright, Martin Freeman, Daniel Kaluuya, Forest Whitaker, Angela Bassett, Andy Serkis.
Acción. Superhéroes.





Black Panther es la película más divertida de Marvel desde la original Guardianes de la Galaxia y la más emocionante desde Capitán América 2 (ambas hace 4 años). El guionista/director Ryan Coogler aprovecha al máximo la fórmula para enfocarse en el ascenso del rey T’Challa (Chadwick Boseman), la nueva ‘Pantera Negra’ de Wakanda. Al mismo tiempo, aborda temas raciales, políticos, y familiares; mientras aboga por la diversidad mediante el ejemplo.

Ésta no sólo es la primera vez en que el protagonista de una película de superhéroes es negro. También, es la primera vez que la mayoría de sus amigos, aliados y camaradas son mujeres. Danai Gurira es una fuerza de la naturaleza como Okoye, la general y la mejor guerrera de Wakanda. Lupita Nyong’o mantiene una hermosa mezcla de empatía y coraje como Nakia, la ex de T’Challa, que es una espía internacional. Letitia Wright roba todas sus escenas en el rol de Shuri, la hermana del rey, que desarrolla toda su tecnología. Juntas apoyarán a Pantera Negra a capturar al ladrón de vibranio Ulysses Klaue (Andy Serkis, pura diversión), quien recibe ayuda de Erik Killmonger (Michael B. Jordan), un sujeto peligroso con un secreto pasado.


Una película de superhéroes no es un terreno fértil para grandes actuaciones, sin embargo, todo el reparto es consistentemente encantador. En particular Chadwick Boseman hace un gran trabajo al imprimir un toque de dolor y melancolía en T’Challa. Su dilma entre apoyar a quienes necesitan ayuda o proteger a su pueblo, y la culpa que siente por tomar el lugar de su padre por no haber podido salvarlo, resuenan con más fuerza gracias a él. También ayuda que Coogler se haya alejado del tradicional villano-que-quiere-destruir-al-mundo-sólo-porque-sí. En vez de eso, da a Killmonger una motivación creíble y temáticamente opuesta a los ideales de Pantera Negra: quiere empoderar a los oprimidos para que ellos destruyan o ataquen a sus opresores. El resultado es un verdadero conflicto entre dos personajes, no una batalla predeterminada.

A pesar de todos los poderes de Coogler, el verdadero MVP de Black Panther es su equipo de diseño. La construcción de Wakanda es inmersivo y fascinante. En particular los vestuarios de Ruth E. Carter son gloriosos: diferencian las tribus, distinguen orígenes y clases sociales, destacan las personalidades de sus personajes, combinan diseños africanos con moda contemporánea, son atractivos sin perder su funcionalidad… wow. Los sets y decorados de Hannah Baechler son interesantes, aunque, tristemente, nunca terminan de convencer por un pésimo trabajo de efectos visuales. De hecho, los efectos demeritan increíblemente a toda la película: sus acabados parecen de videojuegos de hace 15 años, la falta de leyes de gravedad cuando un personaje arroja a otro rompe por completo con la visceralidad del director, y la composición de elementos reales y digitales es inverosímil. Una lástima. Por suerte la música de Ludwig Göransson (parte hip-hop, parte Rey León), mantiene la sensación épica cuando los efectos fallan.


Creo que Black Panther no llega al nivel de obra maestra del cine de acción, como muchos críticos han mencionado. Sin duda es entretenimiento de primera, pero su propuesta no es tan trascendente (The Dark Knight Trilogy) u original (Logan). Más bien, creo que es una confirmación indiscutible del “milagro” que ocurría con Wonder Woman el año pasado: la diversidad detrás y enfrente de cámaras es buena; la gente quiere verse representada en pantalla; las minorías pueden ser fuertes y quieren historias que no traten sobre ser minorías. Superhéroes trans, presidentes mujeres, romances asexuales, modelos a seguir gay, hombres débiles; así es el mundo en el que vivimos. Si aún no están preparados para un cambio de esta magnitud, Hollywood, entonces les tengo otra sugerencia: la próxima vez que quieran una buena película, contraten buenos guionistas/directores (sin fijarse en su raza, género, o sexualidad), y despidan a Zack Syder de una vez. 

FAV. Directo a mi Top 10 escenas de 2018.


lunes, 12 de febrero de 2018

The Post

★★★

The Post: los oscuros secretos del Pentágono
USA: 2017, 115 min.
Clasificación: B
Director: Steven Spielberg
Guión: Liz Hannah, Josh Singer
Con: Meryl Streep, Tom Hanks, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Bradley Whitford, Bruce Greenwood, Matthew Rhys, Carrie Coon, Sarah Paulson.
Biografía. Drama.


The Post (“los oscuros secretos del Pentágono”, uno de los peores subtítulos de la década) es exactamente lo que esperaban bajo el encabezado “dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Meryl Streep & Tom Hanks”, e, incluso, un poco más. Es entretenida, interesante, sorprendentemente ligera, cálida, algo manipuladora, llena de sermones, con buenas actuaciones y, aunque es basada-en-hechos-reales, trata un tema aún relevante (en particular en su contexto estadounidense).


Meryl Streep es Katherine Graham, la nueva dueña y presidente de The Washington Post (que aún era un periódico local a principios de los setenta). Su mesa directiva -- todos hombres-- no la apoyan. Creen que, como una señora de sociedad, sólo es buena para organizar banquetes, pero definitivamente no para administrar el negocio, que, además, tiene problemas económicos. Más complicaciones surgen cuando el New York Times publica una historia que revela encubrimientos del Gobierno estadounidense sobre la Guerra de Vietnam, y la administración de Nixon bloquea los artículos.


Ben Bradlee (Tom Hanks, hermosamente gruñón), editor en jefe del Post, aboga por la responsabilidad periodística de encontrar los papeles y publicarlos (de paso, aprovechar que su competencia se enfrenta a una demanda del Gobierno). El público debe saber la verdad. Todos sus reporteros lo respaldan, en particular Ben Bagdikian (Bob Odenkirk, grandioso y sutil como siempre. Vean Better Call Saul: lleva tres temporadas ofreciendo actuaciones casi perfectas sin reconocimiento alguno) quien sospecha dónde encontrar los documentos originales… Pero la controversia podría significar la ruina financiera del Washington Post, el negocio familiar que Katherine tanto ha luchado por cuidar, y muchos de sus amigos de sociedad son políticos involucrados en el escándalo. Sin apoyo, sin confianza, con el tiempo encima, ¿cuál es la decisión correcta?


Liz Hannah y Josh Singer, los guionistas, tuvieron la magnífica idea de enfocar la mayoría de la película en el conflicto personal de Katherine: es una forma de crear una conexión personal, además de moral, con el material. (Sobran mucho un prólogo y epílogo que se sienten más como secuencias post-créditos de Marvel, que una parte integral de The Post). Meryl Streep, nos regala su mejor interpretación desde Julie y Julia, recuperando los matices y detalles que tanto han faltado en sus últimas películas (Florence Foster Jenkins, Into the Woods, The Iron Lady...). Al final, a pesar de los papeles, esta es la historia del crecimiento de Katherine Graham y cómo, poco a poco, aprende a creer en sí misma.


Spielberg, como es su costumbre, mantiene el ritmo ágil e interesante a pesar de que el material no parecería muy atractivo. Su cámara está en constante movimiento, intercala escenas para mantener nuestra atención en momentos más lentos, e incluso usa inteligentemente el proceso de edición/impresión de un artículo para generar tensión. También, como es su costumbre, no puede evitar ciertas metáforas visuales muy obvias, o momentos de sermoneo intensos donde los personajes expresan elocuente y explícitamente todos los mensajes de su película. Lo que sí, es indiscutible su amor e interés por la historia que cuenta y eso se agradece enormemente.

Entiendo por qué The Post ha funcionado mucho en Estados Unidos. Su Primera Enmienda es muy importante para ellos, en particular ahora que la administración Trump ha desatado controversias respecto a la libertad de expresión y la libertad o veracidad de la prensa. Creo que aquí en México (que desde el PRI y Televisa nos han acostumbrado a la censura y el control mediático) tendrá menos impacto y alcance (es una exclusiva Cinemex, con menos salas en el país), aunque deberíamos prestarle más atención: la integridad periodística, la búsqueda de la verdad, y la denuncia de la corrupción debería ser prioridades de todos. Tal vez necesitamos una especie de The Post mexicano. Si llega a pasar, ojalá sea tan entretenida como esta película de Spielberg.

martes, 6 de febrero de 2018

Three Billboards Outside Ebbing Missouri


★★★

Tres anuncios por un crimen
USA: 2017, 115 min.
Clasificación: B15
Director: Martin McDonagh
Guión: Martin McDonagh
Con: Frances McDormand, Sam Rockwell, Woody Harrelson, Abbie Cornish, Peter Dinklage, Lucas Hedges, Zeljko Ivanek, John Hawkes, Samara Weaving.
Drama. Crimen.


Three Billboards Outside Ebbing Missouri, desde el título, se presenta como una propuesta excéntrica y original. Es una historia sobre ira y venganza narrada con violencia, sarcasmo, enojo y una sorprendente (aunque inconsistente) humanidad. Creo que la película del guionista/director Martin McDonagh tiene mucho que admirar (llevo muchos días reflexionando al respecto y aún no sé bien qué pensar), aunque, por diseño, es difícil quererla. 

Desesperada por los pocos avances en la investigación del asesinato de su hija, Mildred Hayes (la inigualable Frances McDormand) contrata tres anuncios a las afueras de su pequeño pueblo (Ebbing, en Missouri) para forzar la atención de la policía: “Raped While Dying”, “And still no arrests”, “How come, Chief Willoughby?”. Esto no le sienta bien a nadie en la comunidad: el jefe (Woody Harrelson), un cariñoso esposo y padre de familia, es una figura amada por su integridad. Las disputas locales empiezan a acalorarse, en especial cuando el racista e idiota oficial Dixon (Sam Rockwell) se involucra.



Mildred es una persona gloriosamente compleja. Áspera, herida, grosera, ruda, insegura; usa su enojo casi como un grito desesperado para encontrar a alguien que la haga recobrar la esperanza. Frances McDormand está increíble: habita en la delgada línea entre farsa y tragedia; imprimiendo dolor, culpa y un toque de acidez en cada acción de Mildred. Es claro que se siente sola y piensa que no hay nadie en quien pueda confiar --ni siquiera en su noble hijo Robbie (Lucas Hedges), o su exmarido (John Hawkes) que ahora sale con una chica casi adolescente (Samara Weaving, una fuerza cómica)--, por eso no le importa ser desagradable. A pesar de esto, Mildred siempre resulta interesante y podemos tener empatía por lo que hace, aunque no lo aprobemos.

El problema principal de Three Billboards es que esto no ocurre con ningún otro personaje. A excepción de Willoughby --interpretado encantadoramente por Woody Harrelson, que imprime sincera calidez y un toque de sarcasmo-- todos los demás son odiosos, irritantes o demasiado unidimensionales. Es imposible empatizar con su furia o soportar su mezquindad porque no existe otra característica en ellos. Un largometraje entero de caricaturas insultándose y golpeándose no es particularmente grato, aunque al final, el punto de McDonagh sea demostrar (y lo recalca explícitamente en algunas ocasiones) que el amor debe ser la respuesta a la ira y la violencia. Los pequeños momentos de calidez resaltan mucho, de esta forma, entre el frenesí de humillaciones… ¿pero están justificados en su totalidad? 

Este problema es particularmente evidente en el caso de Dixon, el policía intolerante y agresivo interpretado por Sam Rockwell. Su personaje ha desatado controversia porque McDonagh le escribió un “arco redentor” (la gente no aprueba que se perdone y justifique a un racista con tanta facilidad). Opino que este giro es temáticamente importante y es él quien permite que haya un cierre. No obstante, el cambio en Dixon ocurre de la nada: al principio es genuinamente insoportable por estúpido y prejuicioso; y súbitamente (después de una escena importante) adquiere conciencia y humanidad incondicionales. Rockwell seguramente ganará el Oscar por el “rango” y “complejidad” de su actuación, aunque, a diferencia de McDormand o Harrelson, en ningún momento permite que las contradicciones de su personaje convivan. Su Dixon parece dos personajes, el malo y el feo. Su redención se siente falsa porque nunca nos demuestra que había en él algo que redimir… aunque era precisamente el punto de McDonagh resaltar que, a través del amor, cualquiera puede ser mejor. (¿Notan cómo está siendo irritante a propósito?). 


(SPOILERS INEVITABLES)
Esta idea hubiera resonado con más fuerza si hubiera terminado la película 10 minutos antes. Acabar con la conversación entre Dixon y Mildred en los columpios era suficiente. Pero su último giro y el final abierto no aportan (Marvel los habría puesto al final de los créditos) y, de hecho, contradicen el resto del filme. Si su propósito era expresar cómo, incluso aunque se ha entendido la lección amor/ira, es difícil atenerse al amor… ¿por qué no incorporó este problema al resto de la historia, en Dixon, o en Mildred? ¿Para qué hacer una redención mágica cuando quería mostrar dudas de todas formas? Por otra parte, si lo que buscaba era decir que la violencia siempre gana, ya era suficiente saber que todos los asesinos y violadores de la película siguen libres al final y no tener algún tipo de justicia. 
(FIN DE SPOILERS)


Creo que analizar Three Billboards ha sido mucho más placentero que verla. Es estimulante diseminar su guión y Frances McDormand es magnética. Admiro a McDonagh por escribir una historia llena de incertidumbre y crear momentos genuinamente tensos (con grandes tangentes cómicas). Sin embargo, no puedo decir que me gustó. No hay nada grato porque todo necesita ser irritante... o al menos McDonagh parece creer eso. Aunque predica el amor, su voz es iracunda. Ni siquiera podemos sentir pasión o empatía por lo que dirige; sólo un enojo que necesita expresar desesperadamente. Tal vez esta película sea su propia versión de los tres anuncios; un llamado desesperado como el de Mildred (sería un meta toque maestro). Si es así, espero que encuentre amor


viernes, 2 de febrero de 2018

Call Me By Your Name

★★★★


Llámame por tu nombre
USA: 2017, 132 min.
Clasificación: B15
Director: Luca Guadagnino
Guión: James Ivory
Con: Timothée Chalamet, Armie Hammer, Michael Stuhlbarg, Amira Casar, Esther Garrel.
Romance. Drama.



El director Luca Guadagnino (Io sono l’amore, A Bigger Splash) tiene la magnífica capacidad de evocar deseo a través de imágenes y sonidos. En Call Me By Your Name realiza una representación casi perfecta de cómo se siente descubrir el amor y la sexualidad por primera vez: confuso, inesperado, emocionante, agobiante, intenso… 

James Ivory (vean A Room With a View antes que la quiten de Netflix), el veterano director, escribió esta adaptación de la novela homónima de André Aciman (con algunos cambios que mejoran ampliamente la historia). Retrata un verano en el campo italiano, a principios de los ochenta, y sigue a Elio Perlman (Timothée Chalamet), un joven de 17 años que mata el tiempo leyendo, transcribiendo música, nadando, o ligando con su amiga Marcia (Esther Garrel). Su padre (Michael Stuhlbarg, encantador) es un profesor especialista en cultura greco-romana y todos los veranos invita a un alumno a su villa para ayudarlo en sus investigaciones. Este año, el elegido es Oliver (Armie Hammer), un americano que casi parece una estrella de cine.


Rodeados por el calor y la naturaleza de Italia (seductoramente capturados por el fotógrafo Sayombhu Mukdeeprom), en medio de salidas en bicicleta, caminatas, desayunos, y chapuzones en el río, Elio y Oliver comienzan a descubrir que la aparente hostilidad y los destellos de dulzura que comparten son señales de que, tal vez, hay algo más pasando entre los dos. La película discurre casi como las vacaciones de verano: perezosa, tranquila, sin prisa. La estructura en viñetas del guión permite que el acercamiento entre ambos personajes sea orgánico y complejo: en ningún momento hay “amor a primera vista” o un “momento mágico”. Ninguno termina de comprender qué es realmente lo que siente porque es nuevo; su duda y el anhelo son palpables.

El foco principal está en Elio, en su experiencia de autoconocimiento y su lento descubrir a Oliver. Timothée Chalamet es una revelación: carismático, inteligente, conmovedor, e inocente; interpreta cada momento con naturalidad y sin esfuerzo. (Su escena final es oro). Amo la forma en que representa físicamente el estado de hiper-autoconciencia que siente cada vez que está cerca de Oliver: a veces demasiado envalentonado, otras, casi avergonzado de su cuerpo. Armie Hammer (escultural, --yo también me cohibiría si tuviera que estar parado junto a él--) derrocha actitud, y comparte gran química con Chalamet. A pesar de sus diferencias de edad, hacen que el romance funcione hermosamente.


De hecho, las interacciones de todo el reparto se sienten genuinamente humanas. No hay una nota falsa en ellas. Michael Stuhlbarg, como el Sr. Perlman, merecía todas las nominaciones a Actor Secundario (los odio, Oscars): es una fuente de empatía, entendimiento y calidez adorable. Los reto a no llorar en una conversación que mantiene con su hijo (a mi gusto, la mejor escena de una película estrenada en 2017 -que he visto hasta ahora-). Amira Casar es una de las mamás más cool que han retratado en una película; culta, brillante y cariñosa. Y ojalá escuchemos más de la francesa Esther Garrel, que, como el otro interés amoroso de Elio, eleva su papel secundario.

Todos los actores prestan increíble atención a los detalles, las miradas, las posturas, las pausas, las distancias. Y Guadagnino usa todos estos micromomentos para expresar clara y fuertemente el estado emocional de Elio. No hay necesidad de voz en off (Ivory en un principio había escrito algo de narración que el director sabiamente eliminó); sólo hay que tener paciencia para acompañar a Elio en su aprendizaje sobre el deseo y el primer amor. Junto con él, Call Me By Your Name se va descubriendo poco a poco, hasta enamorarnos perdidamente.



viernes, 26 de enero de 2018

Darkest Hour

★★

Las horas más oscuras
USA: 2017, 125 min.
Clasificación: B
Director: Joe Wright
Guión: Anthony McCarten
Con: Gary Oldman, Kristin Scott Thomas, Stephen Dillane, Lily James, Ronald Pickup, Ben Mendelsohn.
Biopic. Drama.


La entera existencia de Darkest Hour fue pensada para darle un Oscar al actor que interprete a Winston Churchill. Nada más. El resto de la película ni siquiera hace un esfuerzo por hacer un retrato detallado --o interesante-- del primer ministro británico. Afortunadamente, el papel cayó en manos de un excelso trabajo de maquillaje --diseñado por Kazuhiro Tsuji-- ayudado por Gary Oldman, un actor de un compromiso y meticulosidad innegables. 

El guionista Anthony McCarten toma la decisión de enfocar el biopic en el primer mes de Churchill en su cargo, cuando la amenaza de la invasión Nazi se extendía por todo Europa. ¿Qué se debe hacer? ¿Negociar la paz? ¿Encarar la guerra? ¿Atemorizar a la gente con las noticias? ¿Mentirles por piedad? Son preguntas genuinamente interesantes, que Churchill --o el guión-- ni siquiera consideran por un momento: lo correcto es encarar a Hitler y no rendirse. Fin. (Y tenía razón, eso lo sabemos ahora, pero en ese tiempo debió suponer una incertidumbre verdadera).

Las otras dos horas de la película, más que explorar los pros y contras de todas las alternativas, muestran a Churchill vociferando a su familia, a su secretaria, al parlamento, al rey, y a todo lo que cruce su camino, intentando demostrar que él está bien y los demás mal. Los momentos de “duda” se sienten más bien como rabietas y corajes. Si tan sólo el guión hiciera un esfuerzo en pintar a Churchill como algo más que una Leyenda, posiblemente se habría ocupado en abordar sus emociones, inseguridades, culpas, o sentimientos. No obstante, al presentarlo más grande que la vida, el conflicto de la trama nunca tiene resonancia personal con él. ¿Qué lo motiva? ¿Qué lo hace ser de esta forma?


Todos los personajes secundarios están escritos como un intento para humanizarlo y guiar al público sobre lo que debería estar sintiendo. Lily James es su secretaria, Miss Layton, que, después de ser bulleada por él, se vuelve su admiradora y más devota subordinada (no sé cómo funciona eso). Kristin Scott Thomas (totalmente desperdiciada) es su esposa Clemmie, quien desde el inicio nos dice “yo sé que lo importante para ti es la política y nosotros siempre seremos relleno” y efectivamente, su personaje nunca más vuelve a ser relevante (aunque esta escena es la única con resonancia emocional). En general, todas las subtramas se abandonan o descuidan en algún momento. Nadie más que Churchill importa aquí.

Entonces, pues, ¿qué tan increíble es Gary Oldman como Winston Churchill? Mucho, aunque en Darkest Hour está lejos de su excelencia habitual. Por supuesto, el actor desaparece bajo el maquillaje (como ha hecho muchas veces). Claro que su voz se escucha como la del primer ministro y sus movimientos lo evocan a la perfección (sin caer en burdas imitaciones). Pero, para todo su esplendor técnico, el personaje está emocionalmente vacío. Más que una melodía, la interpretación es una sola nota... tocada de maravilla, por supuesto, pero nada más. Su Churchill nunca trasciende gritar, ser un bravucón con los demás (justificado porque él está en lo correcto siempre), y ser hábil con las palabras. El guión le otorga grandes oportunidades para hacer comentarios ácidos (“deja de interrumpirme cuando te estoy interrumpiendo”) y exclamar a los cuatro vientos. Pero, al no encontrar otros matices, se vuelve repetitivo, tedioso e incluso, anticlimático: al momento de su icónico discurso “We Shall never Surrender” lo hemos oído gritar taaaaaantas veces que ya no tiene impacto.



Los esfuerzos del director Joe Wright (Pride & Prejudice, Atonement) por traer energía e inmediatez a la trama se agradecen, aunque al final ni siquiera él puede hacer mucha diferencia (es imposible ocultar un paréntesis manipulador, falso y completamente fuera de lugar que interrumpe el clímax de la película). El compositor Dario Marianelli es el único enfocado en crear tensión, ritmo, o emoción en la historia; su pulsante música (con solos del pianista Vikingur Olafsson) es el verdadero MVP. También, el fotógrafo Bruno Delbonnel (uno de mis preferidos, con trabajos diversos como Amelie, Harry Potter 6 y lo más nuevo de Tim Burton) llena de sombras y oscuridad todos los cuartos, creando una atmósfera fría e incómoda --igual que Churchill --.

A pesar de sus muchas nominaciones a los premios de la Academia (incluyendo una a Mejor Película) creo que Darkest Hour, aunque técnicamente intachable, es una película mediocre. Genuinamente se me hace una tristeza que Gary Oldman --reconocido por habilidad para crear personajes originales y excéntricos-- al fin gane su esperadísimo Oscar por una actuación tan cliché. Véanla por el gozo de disfrutar a Gary Oldman vociferando como Winston Churchill dos horas sin parar.



miércoles, 17 de enero de 2018

The Shape of Water


La forma del agua
★★★ ½ 

USA: 2017, 122 min.
Clasificación: B15
Director: Guillermo del Toro
Guión: Guillermo del Toro, Vanessa Taylor
Con: Sally Hawkins, Doug Jones, Richard Jenkins, Michael Shannon, Octavia Spencer, Michael Stuhlbarg.
Fantasía. Romance. Misterio. 
 


Lo que hace Guillermo del Toro en The Shape of Water es un acto de amor al cine --fusiona fantasía, romance, misterio, heist movies e incluso musicales clásicos, en un pastiche con excelentes resultados-- y, sobre todo, un acto de genuino afecto hacia sus personajes --minorías sociales representadas bajo una luz empática--. Por más oscuro, adorable, violento, extraño, o increíble que se vuelve todo, en el centro queda la convicción y cariño del director/guionista por el universo que ha creado.

Y vaya universo. Ubicada en Baltimore de los años sesenta, durante la paranoia de la Guerra Fría, la película sigue a Elisa Espósito (Sally Hawkins, luz pura) una mujer muda que hace limpieza en una base militar. Su vida es rutinaria, y sus amistades --Gilles (Richard Jenkins, encantador), su vecino homosexual, y Zelda (Octavia Spencer, sassy as usual), su compañera afroamericana--, son escasas. Todo cambia cuando llega al laboratorio una criatura acuática y en apariencia agresiva (Doug Jones), mantenida en cautiverio por el violento Strickland (Michael Shannon, elevando su tradicional rol de villano con gran vida interior).  


Elisa y la Criatura se ven a sí mismos por quienes son y entablarán una relación indescriptible, unidos por comida, música, y la sensación de estar solos en el mundo. Sin embargo, los experimentos militares del ejército estadounidense y la amenaza de espías soviéticos, ponen en peligro su amistad. Del Toro consigue exitosamente el delicado balance entre la dulzura de los elementos fantásticos y románticos, con la violencia del ‘mundo real’; y este contraste le permite potenciar tanto el encanto como la amenaza.

Para unir ambas partes,recurre a su característico uso de color, diseño y motivos. El agua está consistentemente presente de forma física, visual o auditiva. La cámara del director de fotografía Dan Lausten se mueve con fluidez casi acuática, transicionando entre espacios como olas o corrientes. Su iluminación resalta el color turquesa del agua, que además se usa para representar tanto a la criatura como al villano (la película establece varios paralelos entre Strickland y el sireno, incluyendo, por ejemplo su fascinación por Elisa). El deliciosamente exagerado diseño de producción de Paul D. Austerberry te hace creer que la realidad y la fantasía cohabitan en la misma habitación, y está lleno de detalles que ayudan a contar la historia (el departamento de Elisa parece tapizado por escamas; el mundo de Strickland es frío, angular y parece producido en masa; etc etc etc). También destaco la música de Alexandre Desplat, romántica y tenebrosa en igual medida. 


En el centro de este exquisito envoltorio, está Sally Hawkins. La actriz británica es capaz de traer empatía, gracia y calidez a cualquier papel (Happy-Go-Lucky, Blue Jasmine, entre otros). Aquí, con sólo la intensidad de su mirada nos hace sentir escuchados, comprendidos y queridos. Ella vende toda la película; es imposible no derretirse ante su convicción, energía y carisma. Por desgracia, se trata de un romance y su éxito depende también de su compañero. La relación entre Elisa y la Criatura es algo hermoso (algunas de las imágenes de ambos --como la del póster-- son dignas de usar como fondo de pantalla), no obstante, no me termina de convencer.

Doug Jones --escondido detrás de 3 horas de aplicaciones de látex-- nunca puede elevar su personaje a algo más que ‘el monstruo de la laguna’. Las limitaciones en el maquillaje reducen al mínimo sus expresiones. Además, con tal de mantener el misterio, del Toro mantiene el foco de la historia en las reacciones de los humanos ante él. Esto nos distancia emocionalmente: es fácil sentir compasión por él, pero no necesariamente empatía. Por si fuera poco, el ritmo ágil del guión (aunque nos mantiene atrapados en todo momento) jamás pausa para darle peso a la relación. Hay montajes que muestran cómo construyen su afinidad (oyendo música, compartiendo lunch) pero no existe ese momento, en medio de su rutina, donde Elisa y la Criatura descubren que “puede ser que haya algo más ahí” (como dicen en La Bella y la Bestia). 


Es una queja menor, sin duda, en especial cuando tienes una actriz como Sally Hawkins que puede hacer todo el trabajo emocional por ti. De hecho, es posible que en otras manos The Shape of Water hubiera fracasado. Sin embargo, Guillermo del Toro, guionista, director, pero sobre todo, fanático del cine y las historias, está en su máximo esplendor mezclando géneros en apariencia incombinables. Todo su equipo (actores diseñadores, fotógrafos, el equipo de sonido, músicos, et al) está más que a la altura; y en el centro, destaca una resplandeciente Sally Hawkins. Esta es una de las películas más encantadoras de la temporada.


jueves, 4 de enero de 2018

The Greatest Showman

★★★
USA: 2017, 105 min.
Clasificación: A
Director: Michael Gracey
Guión: Bill Condon, Jenny Bicks.
Con: Hugh Jackman, Michelle Williams, Zac Efron, Zendaya, Keala Settle, Rebecca Ferguson, Paul Sparks.
Musical. Drama.



Showman cree fervientemente en su mensaje: debemos aceptarnos a nosotros mismos y valorar lo que somos. Esta idea resuena en cada nota de las 11 magníficas canciones originales compuestas por Benj Pasek y Justin Paul (⅔ del equipo de La La Land). Cada vez que los personajes se detienen a cantar nos transportan a un universo lleno de vida, que nos hace creer y sentir… sin embargo, como película no es realmente buena. 

La historia de P.T. Barnum (Hugh Jackman) suena --en papel-- a una excelente película: hijo de una familia pobre, huérfano a corta edad, se enamora de una mujer rica (Michelle Williams), consigue casarse con ella, arriesga todo, hace un espectáculo controversial, se vuelve exitoso… es algo que hemos visto un millón de veces. La idea de hacerla un musical también es brillante: es una manera de incorporar orgánicamente el espectáculo de Barnum al filme, usando música contemporánea completamente nueva como contraste a la ambientación de época y reflejar el espíritu innovador de su protagonista. Tristemente los realizadores se quedaron a medias: la parte musical es un triunfo; las escenas dramáticas y el desarrollo de la trama, no tanto.

Ninguno de los personajes --ni siquiera el showman del título-- está escrito con suficiente profundidad; son más una serie de tics y características físicas que seres humanos. El guión de Bill Condon y Jenny Bicks se rehusa a explorar los distintos matices y contrastes que hubieran hecho de la historia más rica e interesante (la fascinación --y básicamente abuso-- de Barnum hacia sus ‘freaks’, su relación con la cantante Jenny Lind [Rebecca Ferguson], y, no sé, ¿cómo es que los protestantes estaban siempre de público del show que tanto odiaban?). Las escenas dramáticas se sienten demasiado falsas y cliché, y en particular los dos romances parecen completamente obligados, a pesar de que Michelle Williams y Zendaya dan todo su corazón en roles completamente genéricos.

Sin embargo, todo esto desaparece en los números musicales. Filmados con gran energía por Seamus McGarvey y con un sonido completamente inmersivo; Michael Gracey encuentra un delicado balance entre el musical clásico y la sensibilidad contemporánea. Aquí las emociones, aunque excesivas hasta el punto de la cursilería, son reales y todo el elenco hace un gran trabajo para venderlas con convicción. The Greatest Show es una magnífica obertura, Never Enough es una hermosa power-ballad, y el dueto Rewrite the Stars es tan buena que casi te hace creer que hay química entre Zefron y Zendaya. Mi número preferido es definitivamente This is Me (cantada por Keala Settle, la mejor intérprete de todo el reparto) en el que los personajes marginados se arman de valor para desafiar al mundo a quererlos tal y como son. 

La película es más o menos igual: no le importan sus imperfecciones, sus diferencias, o sus problemas. Te reta a quererla como es y te recuerda que, tal vez, deberíamos juzgar un poco menos a los demás (y a nosotros mismos, de paso). Al menos yo disfruté de The Greatest Showman y salí del cine más feliz que como entré. Si eso era suficiente para Barnum, es suficiente para mí.